jueves, 2 de junio de 2016

Samba y su primer vida perdida

Era un viernes como cualquier otro en el que salgo  del trabajo y me voy a mi casa huyendo del tráfico, antes de que sean las 5 y quede definitivamente atrapada entre  el caos.  Llegué a casa, saludé a mis gatos, Samba y Jazz, quienes siempre me salen a recibir cuando llego.  Puse música, destapé una botella de vino dispuesta a relajarme. ¿Qué mejor manera de celebrar que terminó la semana laboral?  Se me ocurrió cambiar el rótulo de la pizarra del bar, ya es hora de borrar el viejo.

Abrí el balcón porque había mucho calor. Una de esas tardes antes que empezara a llover. Mis gatos, fieles compañeros, me seguían a todos lados. Acababa de borrar el rótulo viejo de la pizarra y lo puse en un banquito cerca del balcón, donde los gatos olisqueaban mis plantitas mientras yo los vigilaba de reojo.  Pensaba qué frase poner y qué dibujo, cuando oí un sordo “ssstum”. Volteé a ver y ví a Jazz, mas no a Samba, levante la vista buscándola dentro del depa, y no estaba. En seguida pensé que se había caído del balcón, pero al mismo tiempo me negaba a creerlo. “No puede ser, no puede ser, no puede ser”. Repetía, pero no estaba. “-¿Samba?! –¿Samba?!” la llamé y no obtuve respuesta. Bueno, realmente casi nunca obtengo respuesta, a menos que los llame con la latita de comida en la mano. En ese momento me dio un micro infarto y entré en pánico. Me asomé al balcón esperando lo peor, después de todo, vivo en un quinto nivel y por más ágil que sea un gato, no creo que sobreviva una caída desde esa altura. Si no se muere, por lo menos se fractura o se lastima la cabecita.  Reuní fuerzas y vi hacia abajo. No había nada hasta el primer piso. Y en eso la escuché, maullándome desde el balcón del vecino del piso inmediatamente inferior.


“-¡Samba! ¿Qué haces allá abajo?! ¿Cómo te caíste?!- gritaba yo histérica. Y Samba, histérica, maullaba desde el balcón del vecino yendo y viniendo, tratando de encontrar  la puerta, según ella. Me volteaba a ver y maullaba. Por un momento no supe que hacer. Bajé corriendo  al apartamento de abajo, rogando que el vecino estuviera en su casa. Toqué la puerta insistentemente, y nada. Podía oír a Samba maullando desde el balcón. ¿Qué hacía? Bajé, histérica,  a la recepción del edificio de  apartamentos donde vivo a preguntar por el vecino. Los guardias me informaron que el vecino no estaba, y que venía usualmente tarde. Ellos ya están acostumbrados a mis incidentes gatunos y aunque me vieron alterada, no podían hacer nada. Les pedí que llamaran al vecino para informarle que mi gatita se había caído a su balón. Me dijeron “-El señor es de Korea, no mucho habla español.”  "¿Que qué?! De Korea?! No puede ser! Mi gata se cayó en el balcón de un Koreano come gatos! " Pensé.  Ante mi insistencia, los guardias llamaron al que da ahora en adelante nos referiremos como “El Koreano come gatos”.  Parece que no entendió lo que sucedía porque solo dijo “No entender. Llamar después” Si cómo no. Más tarde cuando ya haya cocinado a mi gata al ajillo.

Subí a mi depa ya que no había más que pudiera hacer. Al llegar me asomé al balcón y otra vez encontré Samba viéndome desde abajo, maullando histérica solamente interrumpida por los maullidos histéricos de Jazz dentro del depa. “-Ya voy a llegar por ti, mi amor, ya voy… tranquila” Le gritaba desde mi balcón para consolarla. Ella maullaba de vuelta y me miraba como preguntándome “¿Por qué estoy aquí todavía? ¿Por qué no has venido por mí?”  Seguramente los otros vecinos se estaban muriendo de la risa.

En seguida mandé mensajes a mis amigos, mejor conocidos como mi “grupo de apoyo”,  donde seguramente sonaba como que estaba al borde de una crisis nerviosa. Les escribí a todos aquellos que supe les importaría si algo le pasara a Samba. Samba es muy popular entre mis amigos, así que fueron varios. De cariño la bautizaron “La Gata del Gueto” por haberla encontrado en la calle vagando. Ella tiene barrio y lo refleja en su personalidad.  Unos de ellos me llamó para preguntarme qué había pasado, si estaba bien. “Samba es la Gata del Gueto, es fuerte, vas a ver que todo bien.” Otros me dijeron “Vamos para allá”. Lo sé, mis amigos son geniales, y están igual de locos que yo. O quizás es que saben que yo estoy loca y querían evitar que me tirara del balcón tratando de rescatar a Samba.

Contemplé seriamente tirarle una sabana con nudos para que ella escalara, pero me dio miedo que se cayera. Tal vez una canastita con una cuerda, pero no tengo la canastita, ni la cuerda. Lamenté no tener conocimientos o equipo de rappel y no poder bajar por ella. A todo esto, Samba ya no estaba maullando como alma en pena, sino se había echado resignada en el balcón a esperar. Al igual que ella, no tuve más que disponerme a esperar a que regresara el Koreano come gatos.

Recordé el vino que había abierto. Triste y preocupada, aunque después de todo, sedienta, regresé al bar. Vamos, la culpa no es del vino. Y así, con vino en mano, esperé. Las tres horas más largas de la corta vida de Samba transcurrieron en ese balcón desconocido y frío.  Llegaron tres de mis amigos y trataron de consolarme. Les dije que me sentía una mala madre. Pensé en lo que eso decía de mis habilidades para cuidar de otro ser viviente; realmente dejaba mucho qué desear.   Ellos me dijeron que no fuera tan dura conmigo, que los accidentes pasan.  No sé.

De repente, recibí a llamada de la recepción informándome que el Koreano comegatos ya había llegado a su casa. Bajamos en comitiva a traer a Samba. Tocamos la puerta, y el Koreano  se mostró algo sorprendido de ver a 4 desconocidos en la puerta de su casa, a las 9 de la noche. Yo intenté explicarle que mi gata se había caído en su balcón, pero ni en español ni en inglés me entendía. Y yo solo repetía “Gato. Balcón. Gato. Balcón.” Señalando el balcón.  El Koreano comegatos me dejó pasar a mí y a mi comitiva  y abrió la puerta del balcón. Samba entró inmediatamente y yo la abracé. Dicen mis amigos que ni siquiera le dije gracias al vecino, sino solo me salí de la casa con la gata en los brazos. Ella maullaba incansable como dándome la queja, tanto, que pensé que quizás se había lastimado y le dolía cuando la cargaba.

Llegamos al depa. La puse en el piso e inmediatamente cambió el maullido por un delicado “miau”, usual en ella.  La observamos y no parecía estar lastimada. Cinco segundos después estaba acicalándose en su banquito preferido como que nada.

Todos nos sentíamos muy aliviados de que Samba estuviera sana y salva, nos reímos, aunque le advertimos que había perdido su primera vida. “Sólo te quedan seis, Samba, tienes que tener más cuidado de ahora en adelante”. Ella no pareció inmutarse y siguió acicalándose como si nada. Y mis amigos y yo, abrimos otra botella de vino para brindar por las otras 6 vidas de la Gata del Gueto. 




5 comentarios:

  1. Jajajajajajajaja "Samba la del barrio" jajajajaja.

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  2. ohhhhh por deos mi Maris!!! te dije que en efecto...sí...tenías que escribir esto! me alegra muchoooo es genial y más aún acompañarte para salvar a la gata del gueto del koreano come gatos!!! jjjajajaja abrazote grande Maris!!! me encanto! (por cierto tenía fotos de ese día, vale la pena agragarlas jejeje).

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  3. Gracias por acompañarme ese día amiga! Abrazos!

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