Era un viernes como cualquier otro en el que salgo del trabajo y me voy a mi casa huyendo del
tráfico, antes de que sean las 5 y quede definitivamente atrapada entre el caos. Llegué a casa, saludé a mis gatos, Samba y
Jazz, quienes siempre me salen a recibir cuando llego. Puse música, destapé una botella de vino
dispuesta a relajarme. ¿Qué mejor manera de celebrar que terminó la semana
laboral? Se me ocurrió cambiar el rótulo
de la pizarra del bar, ya es hora de borrar el viejo.
Abrí el balcón porque había mucho calor. Una de esas tardes
antes que empezara a llover. Mis gatos, fieles compañeros, me seguían a todos
lados. Acababa de borrar el rótulo viejo de la pizarra y lo puse en un banquito
cerca del balcón, donde los gatos olisqueaban mis plantitas mientras yo los
vigilaba de reojo. Pensaba qué frase
poner y qué dibujo, cuando oí un sordo “ssstum”. Volteé a ver y ví a Jazz, mas
no a Samba, levante la vista buscándola dentro del depa, y no estaba. En
seguida pensé que se había caído del balcón, pero al mismo tiempo me negaba a
creerlo. “No puede ser, no puede ser, no puede ser”. Repetía, pero no estaba. “-¿Samba?!
–¿Samba?!” la llamé y no obtuve respuesta. Bueno, realmente casi nunca obtengo
respuesta, a menos que los llame con la latita de comida en la mano. En ese
momento me dio un micro infarto y entré en pánico. Me asomé al balcón esperando
lo peor, después de todo, vivo en un quinto nivel y por más ágil que sea un
gato, no creo que sobreviva una caída desde esa altura. Si no se muere, por lo
menos se fractura o se lastima la cabecita.
Reuní fuerzas y vi hacia abajo. No había nada hasta el primer piso. Y en
eso la escuché, maullándome desde el balcón del vecino del piso inmediatamente
inferior.
“-¡Samba! ¿Qué haces allá abajo?! ¿Cómo te caíste?!- gritaba
yo histérica. Y Samba, histérica, maullaba desde el balcón del vecino yendo y
viniendo, tratando de encontrar la
puerta, según ella. Me volteaba a ver y maullaba. Por un momento no supe que
hacer. Bajé corriendo al apartamento de
abajo, rogando que el vecino estuviera en su casa. Toqué la puerta insistentemente,
y nada. Podía oír a Samba maullando desde el balcón. ¿Qué hacía? Bajé,
histérica, a la recepción del edificio de
apartamentos donde vivo a preguntar por
el vecino. Los guardias me informaron que el vecino no estaba, y que venía
usualmente tarde. Ellos ya están acostumbrados a mis incidentes gatunos y
aunque me vieron alterada, no podían hacer nada. Les pedí que llamaran al
vecino para informarle que mi gatita se había caído a su balón. Me dijeron “-El
señor es de Korea, no mucho habla español.” "¿Que qué?! De Korea?! No puede ser! Mi gata se
cayó en el balcón de un Koreano come gatos! " Pensé. Ante mi insistencia, los guardias llamaron al
que da ahora en adelante nos referiremos como “El Koreano come gatos”. Parece que no entendió lo que sucedía porque
solo dijo “No entender. Llamar después” Si cómo no. Más tarde cuando ya haya
cocinado a mi gata al ajillo.
Subí a mi depa ya que no había más que pudiera hacer. Al
llegar me asomé al balcón y otra vez encontré Samba viéndome desde abajo,
maullando histérica solamente interrumpida por los maullidos histéricos de Jazz
dentro del depa. “-Ya voy a llegar por ti, mi amor, ya voy… tranquila” Le
gritaba desde mi balcón para consolarla. Ella maullaba de vuelta y me miraba
como preguntándome “¿Por qué estoy aquí todavía? ¿Por qué no has venido por
mí?” Seguramente los otros vecinos se
estaban muriendo de la risa.
En seguida mandé mensajes a mis amigos, mejor conocidos como
mi “grupo de apoyo”, donde seguramente
sonaba como que estaba al borde de una crisis nerviosa. Les escribí a todos
aquellos que supe les importaría si algo le pasara a Samba. Samba es muy
popular entre mis amigos, así que fueron varios. De cariño la bautizaron “La
Gata del Gueto” por haberla encontrado en la calle vagando. Ella tiene barrio
y lo refleja en su personalidad. Unos de
ellos me llamó para preguntarme qué había pasado, si estaba bien. “Samba es la
Gata del Gueto, es fuerte, vas a ver que todo bien.” Otros me dijeron “Vamos
para allá”. Lo sé, mis amigos son geniales, y están igual de locos que yo. O
quizás es que saben que yo estoy loca y querían evitar que me tirara del balcón
tratando de rescatar a Samba.
Contemplé seriamente tirarle una sabana con nudos para que
ella escalara, pero me dio miedo que se cayera. Tal vez una canastita con una
cuerda, pero no tengo la canastita, ni la cuerda. Lamenté no tener
conocimientos o equipo de rappel y no poder bajar por ella. A todo esto, Samba
ya no estaba maullando como alma en pena, sino se había echado resignada en el
balcón a esperar. Al igual que ella, no tuve más que disponerme a esperar a que
regresara el Koreano come gatos.
Recordé el vino que había abierto. Triste y preocupada,
aunque después de todo, sedienta, regresé al bar. Vamos, la culpa no es del
vino. Y así, con vino en mano, esperé. Las tres horas más largas de la corta
vida de Samba transcurrieron en ese balcón desconocido y frío. Llegaron tres de mis amigos y trataron de
consolarme. Les dije que me sentía una mala madre. Pensé en lo que eso decía de
mis habilidades para cuidar de otro ser viviente; realmente dejaba mucho qué
desear. Ellos me dijeron que no fuera
tan dura conmigo, que los accidentes pasan.
No sé.
De repente, recibí a llamada de la recepción informándome que
el Koreano comegatos ya había llegado a su casa. Bajamos en comitiva a traer a
Samba. Tocamos la puerta, y el Koreano
se mostró algo sorprendido de ver a 4 desconocidos en la puerta de su
casa, a las 9 de la noche. Yo intenté explicarle que mi gata se había caído en
su balcón, pero ni en español ni en inglés me entendía. Y yo solo repetía
“Gato. Balcón. Gato. Balcón.” Señalando el balcón. El Koreano comegatos me dejó pasar a mí y a
mi comitiva y abrió la puerta del
balcón. Samba entró inmediatamente y yo la abracé. Dicen mis amigos que ni
siquiera le dije gracias al vecino, sino solo me salí de la casa con la gata en
los brazos. Ella maullaba incansable como dándome la queja, tanto, que pensé
que quizás se había lastimado y le dolía cuando la cargaba.
Llegamos al depa. La puse en el piso e inmediatamente cambió
el maullido por un delicado “miau”, usual en ella. La observamos y no parecía estar lastimada.
Cinco segundos después estaba acicalándose en su banquito preferido como que
nada.
Todos nos sentíamos muy aliviados de que Samba
estuviera sana y salva, nos reímos, aunque le advertimos que había perdido su
primera vida. “Sólo te quedan seis, Samba, tienes que tener más cuidado de
ahora en adelante”. Ella no pareció inmutarse y siguió acicalándose como si
nada. Y mis amigos y yo, abrimos otra botella de vino para brindar por las
otras 6 vidas de la Gata del Gueto.


Jajajajajajajaja "Samba la del barrio" jajajajaja.
ResponderEliminarY a mucha honra! Jaja :P
EliminarSambita tiene barrio ♥
ResponderEliminarohhhhh por deos mi Maris!!! te dije que en efecto...sí...tenías que escribir esto! me alegra muchoooo es genial y más aún acompañarte para salvar a la gata del gueto del koreano come gatos!!! jjjajajaja abrazote grande Maris!!! me encanto! (por cierto tenía fotos de ese día, vale la pena agragarlas jejeje).
ResponderEliminarGracias por acompañarme ese día amiga! Abrazos!
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