martes, 2 de mayo de 2017

Un estilo de vida más saludable

Pensé mucho antes de empezar a escribir este texto. Sabía que quería escribir sobre el tema de bienestar, salud, ejercicio, dieta. Pero a la vez pensaba "¿Y quién soy yo para hablar del tema?" Un pensamiento que me ha impedido escribir sobre otras cosas y que me ha impedido hacer muchas otras. Estoy segura que hay muchas personas con mucho más conocimiento y con mucha más experiencia para hablar del asunto. Después de todo, heme aquí a mis casi 35 años y todavía sigo luchando con las libritas de más que me persiguen desde que tengo memoria. Luego, pensé, "Bueno, empezaré por ahí."  Así que esto no es más que una pequeña reflexión de cómo empecé con este proceso. Sé que no soy la única persona que ha tenido este problemita, así que si de algo les sirve mi experiencia, me doy por servida. 

Como les digo, he estado en esta constante lucha conmigo misma desde siempre. No pretendo venir a decirles qué hacer o darles la "fórmula mágica" que me ayudó a perder 50 lbs y alcanzar mi peso ideal. Me gustaría, pero no estoy en mi peso ideal. Más bien, temo que les tengo malas noticias: no existe una fórmula mágica para este asunto. 

El día que decidí que era suficiente fue un día que me levanté de goma, sientiéndome la peor persona del mundo por haber bebido y comido en exceso la noche anterior, me subí a la balanza de mi baño y "ups!" apareció un número ahí que nunca había visto antes. Nunca había pesado eso. En mi vida. Luego de tener una mini crisis nerviosa-depresiva, logré controlarme lo suficiente como para llegar a una simple conclusión "Bueno, puedes seguir ignorando este tema o puedes hacer algo al respecto"

Realmente sólo había dos opciones: seguir igual o cambiar algo. Así que decidí que era mejor hacer algo hoy, que dentro de un año, cuando pesara 5, 10 o quién sabe cuántas libras más. Pensé cómo me quiero ver en diez años. Y no me refiero sólo al aspecto físico, sino a como me quiero ver a mí misma. ¿Me quiero ver feliz? ¿Sana? ¿Activa y fuerte?  Sí, quiero ser capaz de viajar y caminar grandes distancias conociendo cosas nuevas sin que eso signifique que al siguiente día no me puedo mover. Quiero poder tomar una bicicleta y conocer una ciudad sin morir en el intento. Quiero poder nadar en el lago. Quiero poder hacer todo lo que quiera hacer. 

Dicen que lo más difícil es empezar, y lo creo. Primero, debes aceptar que estas haciendo algo mal, cosa que nunca nos gusta. Aceptar que comes mal, que eres una haragana y que la verdad ya no te ves tan bien como crees. Aceptar que te cansas cuando se arruina el elevador de tu edificio y tienes que subir las gradas hasta tu casa. (Mas bien, que llegabas con la lengua de fuera). Aceptar que quizás sí tomas mucho más vino del que deberías. Aceptar que estas jodida y que no sabes por dónde empezar.

Lo segundo es idear un plan. En mi caso, no había dejado de hacer ejercicio "oficialmente". Estaba yendo al gimnasio con unos amigos, pero por el horario me agarraba el tráfico y no me daban ganas de ir. Luego intenté ir en la mañana, antes del trabajo, pero soy dormilona y nunca me levantaba a tiempo. Cuando me dí cuenta, había pasado más de un año y yo no había hecho ejercicio regularmente. Además, había descuidado mi dieta considerablemente y la balanza lo reflejaba. Decidí que era tiempo de dejar de engañarme a mí misma diciendo "mañana sí me levanto temprano al gimnasio". Mentira, no iba a suceder.  Mejor, busqué un gimnasio que tuviera clases por la tarde, cuando el horario me es más cómodo. Eso es clave. Para que el ejercicio se vuelva parte de tu rutina tiene que resultarte conveniente. No sirve de nada que te fascine el tennis, si las canchas más cercanas te quedan a una hora o más de camino. O que te encante nadar, pero nunca vas porque te da demasiada pereza andar con las cosas mojadas todo el día dentro de la mochila.  Tienes que buscar qué opción se adapta mejor a tu estilo de vida y tus horarios. Si no es el gimnasio ideal, el ejercicio ideal, el deporte de tus sueños, pero te queda cerca, te gusta lo suficiente y te funciona, es un buen inicio. 

Luego de conseguir el gimnasio, tenía que empezar la dieta. Esto de la dieta siempre trae una connotación negativa, pero no debería ser así. La dieta es simplemente aprender a comer mejor.  No es morirse de hambre, no es dejar de comer lo que te guste para siempre, simplemente, es comer de manera más consiente. Muchos gimnasios y nutricionistas te dan una dieta super estricta para que veas resultados rápidos. Genial, pero una dieta muy prohibitiva no es sostenible a largo plazo. Lo mejor es que aprendas a identificar qué comer, en qué cantidades, con qué frecuencia, y empieces a jugar con eso. 

¿Les digo un secreto? La dieta es la parte más importante y la más difícil de llevar  una vida saludable. Si haces ejercicio, pero no haces dieta, no llegas a ningún lado. Y el trabajo que implica tener que planificar tus comidas, cocinar, dejar la comida lista para el día siguiente, llegar a tu casa y lavar los platos, y repetir todo el proceso de nuevo, es el trabajo más duro. Esa es la parte donde se pone a prueba tu paciencia, perseverancia y enfoque. Personalmente, las primeras semanas cocinaba casi todos los días platos elaborados, deliciosos y nutritivos. Después me di cuenta que si quería seguir comiendo sano, debía simplificar el proceso, o lo iba a dejar. Me enfoqué en cocinar platos sencillos, pero ricos, y que se pudieran almacenar al menos 2 días en la refri. Así cocinaba solo 2 o 3 veces máximo a la semana, aunque comiera la misma comida un par de días. No es de muerte. 

Por último, y una parte bastante importante del proceso, es rodearte de personas que anden en el mismo rollo que tú. Hablar con tus amigas de el nuevo smoothie que encontraste en pinterest y que vas a probar hacer mañana para el desayuno o con tu novio (me imagino, pues, me han contado) del nuevo ejercicio que te pusieron a hacer en el gimansio; esas cosas te hacen más fácil el cambio que si te sientes sólo luchando contra la corriente.  Ir acompañado por un amigo al gimnasio, lo hace más llevadero. Contarle a otra persona cuando alcanzas una pequeña meta y que se alegre contigo, te motiva aún más. Olvídate de las personas que te ven raro, feo o que no creen que puedas cambiar. Demuéstrales que sí puedes, pero más importante que eso: demuéstratelo a ti mismo. 

Me gustaría contarles que ya llegué a mi meta. Que ya adelgacé las libras que me había propuesto y que me compré el vestido talla dos con el que siempre había soñado. Lamentablemente no es así.(Tampoco pretendo comprarme un vestido talla dos). Pero, sigo en el proceso, todos los días luchado para encontrar ganas de ir al gimnasio, resistiendo al pedazo de pastel que me ofrecieron en la oficina. Esa es la meta en sí. Tener un estilo de vida más saludable. Al menos, ya no me canso (tanto) subiendo las gradas a mi casa, me siento más fuerte y ágil, más contenta y balanceada. Al verme en el espejo me gusto más.  

Una amiga muy sabia me dijo "Es un día a día" y es cierto.  La vida es un día a día. Día a día debes de seguir con tu empeño, día a día comer sano, día a día ejercitarte. Claro, habrán días que te gana el sueño y te vas a tu casa en vez de al gimnasio, o te comes el pedazo de chocolate. Pero eso también esta bien, no vas a tirar todo tu esfuerzo  y olvidarte de tu meta por un momento de debilidad. Ten compasión de ti mismo y date crédito.   Después de todo mañana es otro día y puedes seguir caminando hacia tu meta. Un paso a la vez, un día a la vez. 









martes, 3 de enero de 2017

El desencanto

Después de una dura jornada laboral de ocho horas, donde no paró ni para almorzar, la Princesa sale al tráfico de la ciudad con una lista de mandados por hacer. Es principio de mes y tiene que ir al supermercado a hacer las compras de la semana. Pasar echando gasolina, ir a hacer depósitos al banco, luego al otro banco, ir a la farmacia, pasar a la lavandería. Para cuando termina, el tráfico de la ciudad ya la atrapó y llegará a su castillo bien entrada la noche.  

Lo único que quiere es llegar a descansar sobre su colchón de plumas, que en realidad es un colchón que compró en oferta en el supermercado, pero cumple su función. Aun así no puede irse a acostar plácidamente en él y esperar que los pajaritos y los ratoncitos le pongan su pijama. No, después de colocar las compras del super en la refri y la alacena, debe decidir qué va a cocinar para mañana; ya no quiere seguir comprando almuerzos ejecutivos en el trabajo. Además de afectar su presupuesto, una triste página que hizo en excel para tratar de ordenar sus ingresos y egresos, quiere comer sano y quizás bajar un poco de peso. Lo piensa por unos segundos y se decide a cocinar algo sencillo. Al menos una hora después termina de cocinar y se da a la tediosa, pero necesaria, tarea de lavar los platos sucios. Lavar los platos es de las ocupaciones para mantener limpio el castillo que más detesta. 

¿Se acuerdan del pedazo del cuento de la princesa donde le enseñan que tiene que tener un presupuesto mensual? Ella tampoco. ¿Ahorrar?  ¿Planificar para su jubilación? Se pregunta por qué omitieron eso en el cuento de hadas.  Tampoco le explicaron que, eventualmente, tendría que dejar el castillo donde nació, buscar trabajo y ganarse la vida por sí misma. Eso o encontrar un príncipe que la mantenga y aguantar cualquier cosa que venga con el paquete. De pequeña, le dijeron que todos los problemas de la princesa eran resueltos cuando llegaba el príncipe. Atrás quedaban las hermanastras malvadas y el duro trabajo de restregar los pisos. Si eras una princesa, encontrabas al príncipe y te llevaba al castillo, a vivir felices para siempre, sin nada por qué preocuparte. 

Piensa en las otras princesas que conoce, a todas les va mas o menos igual, con contadas excepciones. A unas el príncipe les salió mujeriego, a otras, les salió borracho y les pega.   A otras, con mejor suerte,  les toca mantener al príncipe porque desde que lo despidieron hace tres años no encuentra trabajo. A otras, el príncipe les salió bueno, pero el presupuesto del palacio es elevado y los dos trabajan para poder pagar la hipoteca del castillo y el colegio de los niños. 

Un escalofrío le recorre la espalda al pensarlo. ¿Además de hacer todo esto, tener niños?   Piensa cómo sería su vida de diferente si tuviera un principito o una princesita. ¿Le alcanzarían las fuerzas para hacer todo sola? 

El rey y la reina intentaron construir un castillo  a su alrededor para hacerla sentir segura y feliz. Es lo que todos los papás hacen con sus hijas. Las pequeñas princesas de papá, las consentidas. Dentro del castillo puede que sea así, pero afuera de las altas murallas del palacio toca quitarse la corona y ponerse la armadura. Quizás, si le hubieran enseñado a defenderse mejor, le hubieran dado más armas para luchar en lugar de su vestido y su tiara de princesa, si le hubieran enseñado a no depender del príncipe. O decirle que simplemente no necesitaba un príncipe. 

Decirle también, que el camino de la independencia es largo, duro, que da miedo y que en muchas ocasiones se va a sentir cansada, sola, con frío o enferma y no querrá salir de su cama, pero que no queda otra opción más que levantarse e ir a trabajar. 

Se decide en ese momento. Mañana sí se levanta temprano para ir al gimnasio. Se dispone a dejar listas sus cosas para salir mañana temprano y empezar, de nuevo, su rutina de ejercicio. No le gusta bañarse en el gimnasio, pero es su única opción, de lo contrario  no llega a tiempo al trabajo. Deja lista la armadura para el día siguiente. 







domingo, 6 de noviembre de 2016

Tenemos un problema con Malala

En esta manada todos cumplen una función específica, me dice Daniel, quien es el proveedor y líder, el Alfa, claro. Abogado de profesión y amante de la música, tiene una energía muy relajada y le gusta  Amy Winehouse, inmediatamente me cae bien. 

Luego está Kata, la perra mestiza mezcla de Rotweiller, Pastor Alemán con un toque de Cocker Spaniel, que tiene ojos de nobleza. Su función es la protección; cuida la casa mientras el Alfa sale a trabajar. Ladra a través del portón si alguien extraño se acerca, aunque no estoy muy segura qué pasaría si el intruso cruzara la puerta. Me cuesta pensar que sería capaz de lastimar a alguien, a mí ni me gruñó. 

La última integrante de la manada es Malala, la gata bicolor, con ojos azules y rostro dividido perfectamente a la mitad, como Harvey two face. Se nota que tiene entre sus antepasados a un siamés, pero su belleza es única, una mezcla entre tantos gatos que la hace irrepetible. Su función en la manada es menos clara. Tal vez sólo sea que es incomprendida y un poco rebelde. 

Nos sentamos en la mesita del jardín. Kata y Malala nos acompañan y se quedan muy cerca a Daniel. 

-Tenemos un problema con Malala... - me dice Daniel, muy serio. 
- ¿Qué problema? 
-Bueno, Malala no quiere cazar...
- ¿Cazar qué? 
- Tu sabes, cazar... pájaros, un ratón, algo así. Ella tiene que cumplir su función en esta manada. 

Malala acaba de cumplir dos años. Es una gata joven, por lo que hasta ahora el hecho que no cazara había sido disculpado por su edad, diciendo que sólamente era una cachorrita. Pero ya con dos años se puede decir que es una gata adulta que parece no estar muy segura de cual es su plan de vida. Como ese humano de 35 años que apenas se esta dando cuenta que ya es adulto y que debería de sentar cabeza, trabajar, tener un plan, pero que se rehúsa a aceptar la idea. Malala no se ha enterado que se encuentra en este punto de la vida, y se acicala tranquilamente en la banquita cercana mientras Daniel la mira con preocupación. 

-Ha hecho un par de intentos, claro. Me dejó un gecko y un saltamontes en la puerta del cuarto la vez pasada.... -dice, pensativo. 

Le digo que quizás Malala necesita un poco de espacio y tiempo para decidir qué quiere en la vida. Ser cazadora tal vez no sea lo suyo, después de todo. No es bueno que se sienta presionada. Además, tiene que sentir que sus esfuerzos de caza son valorados por la manada. No todos los gatos ni todos los humanos
hacen lo que la sociedad espera de ellos. 

Kata no descuida su posición de protectora al lado de Daniel, y cuando se da cuenta que estamos hablando de ella, se sienta en la silla desocupada de la mesa para ser parte de la conversación. Kata no comprende el significado de el espacio personal y puede ser un poco invasiva, pero siempre esta atenta, cuidando, cumpliendo su deber. Malala descansa en el banquito cercano, integrada a su manera a la actividad social que se lleva a cabo en su casa. 

Pienso en mi manada: Samba, Jazz y yo. ¿Cual es nuestra función? Bueno, supongo que yo soy la proveedora de concentrado, comida en lata y la encargada de limpiar la arena todos los días. También proveo caricias detrás de la oreja cuando ellos lo solicitan y un espacio mullido y calientito para dormir. ¿El alfa? 

Jazz sería el protector, creo. Vigila de lejos a las personas que llegan a visitarme. Atento a la vibra de la gente, sale del confinamiento del cuarto sólo cuando son de su agrado. Veo sus garras y sus colmillos y pienso que tiene potencial, pero me cuesta imaginármelo defendiéndome de alguien. Cuando estoy dormida, Jazz se asegura que siga respirando acercándose a olisquearme y si no respondo, intenta hacerme reaccionar pasándome por encima de la cara. Solo para asegurarse que esté bien. 

Samba, por su parte, es la anfitriona y comité de bienvenida. Me recibe en la puerta cuando llego a casa del trabajo con maullidos y ronroneos. Con mis invitados es igual, sale a recibirlos, maulla y los hace sentir en casa. Luego se restriega en mis piernas un par de veces y se dedica a su función principal: verse regia y adornar con su presencia cualquier espacio que decida ocupar. 

La noche nos alcanza escuchando buena música y platicando. Hacemos una parrilla con costilla de res, costilla de cerdo, hongos portobello con ajo y pescado con hierbas finas y limón que resulta una delicia a las brasas. Lo acompañamos de ron Flor de Caña y dubi. 

Daniel me cuenta que tener mascotas lo ha hecho madurar.  El estar pendiente 365 días al año de dos seres vivos que dependen de ti completamente te enseña muchas cosas. Ser el alfa no es siempre fácil.  Ellas tienen plena confianza en ti, y nunca pensarían en abandonarte o traicionarte. La manada se cuida y permanece unida. 

Contempla a su  mandada que descansa cerca. De repente, nota que Kata tiene algo entre las patas. Se acerca a verificar qué es y se de cuanta que es un pedazo de costilla que Kata consiguió de algún lugar (la parrilla? la basura? no sabemos) y lo disfruta mordisqueándolo. 

-Ya ves?!- me dice Daniel, enojado - Y se lo viene a comer aquí frente a mí! "Vos? Vos no sos el alfa... no sos el alfa pero ni de vos mismo! Mira lo que pienso de tus reglas, humano!"

Daniel finge indignación por la falta de respeto, pero sus voz y sus ojos no tienen nada más que amor por Kata, la perrita que no respeta su autoridad, y Malala, la gatita que no quiere cumplir su función dentro de la manada. 

Yo creo que todas las mandas somos así, un poco disfuncionales, pero llenas de amor. 




lunes, 26 de septiembre de 2016

Una breve historia de amor

Les tengo una buena historia hoy, para levantarles el ánimo. Una historia que es basada en hechos reales y ha sido alimentada por la nostalgia. Como toda buena historia, se lleva a cabo en un lugar espectacular y tiene mucho que ver con el amor. 

Se trata de uno de mis lugares favoritos en el mundo. Un lugar que por más veces que vaya siempre me sorprende y cautiva con su belleza, con esa energía especial y mística que posee, el lago de Atitlán. No importa cuantas veces vaya al lago, siempre que estoy me vuelvo a asombrar por la magnificencia de los volcanes, el lago y la naturaleza. Entiendo que mi opinión puede no ser objetiva,  con eso de que mi perspectiva está asociada a recuerdos de la infancia y por haber nacido en este país.  Pero vamos, hay gente que viene de todas partes del mundo a conocer este pedacito de la tierra, algo de cierto debe de haber en que es extraordinario. 

La razón que me llevaba al lago en esta ocasión era nada más y nada menos que una declaración pública de amor: una boda. Una pareja de buenos amigos estaunidenses que conocí, casualmente, en el mismo lugar donde se llevaría a cabo el evento.  Nos hicimos buenos amigos de la manera más loca, platicando en una lancha que atravesaba el lago de Atitlán. Nuestra amistad luego se fortaleció siendo cómplices en viajes y aventuras en Guatemala y Estados Unidos. Así me gustan mis amigos, aleatorios y locos, como yo.





Ellos escogieron el lago de Atitlán como el escenario para su boda de ensueño. Luego me contarían que estaban indecisos entre casarse en Thailandia o aquí, pero que la energía que tiene el lago los movía más. El hotelito es un  hotelito precioso, escondido en uno de los riscos de las montañas que rodean el lago y al cual no se puede llegar de otra manera que no sea en lancha. Es uno de los secretos mejor guardados de las orillas del lago, o lo era para mí en ese momento, "La Casa del Mundo" un nombre muy apropiado para un lugar donde vienen viajeros de todos los rincones del planeta a disfrutar del lago y su belleza.

Todo el hotel se rentó un fin de semana completo para la boda y sus invitados. Yo era la única guatemalteca invitada entre todos los gringuitos y me sentía muy orgullosa cuando todos me decían que estaban encantados con el lugar y que entendían por qué era que habían elegido este sitio para hacer la boda.  Y yo solo decía "muchas gracias" y sonreía, mientras pensaba "pff... obvio".

La ceremonia se llevó a cabo en uno de los balconcitos a la orilla del lago, al atardecer. Las flores inundaban todos los rincones y adornaban el tocado de la novia, que se miraba preciosa en su vestido blanco. El novio, muy elegante, trataba de mantenerse fresco debajo de la camisa, chaleco y frac. Las damas iban vestidas de azul y yo, que era la madrina de lazo, un vestido rosa.

Los amigos cercanos de la novia y el novio dieron unos discursos muy lindos, y cuando me tocó a mi pasar a explicar el significado de la ceremonia de lazo y colocársela a mis amigos, estaba super nerviosa. Un minuto antes de que pasara, la dama de honor medio se desmayó y hubo que ayudarla a sentarse y llevarle un vaso de agua. Echémosle la culpa a eso o quizás es que no me gusta hablar en público. Mi explicación fue escueta y poco poética.  A pesar de eso, los novios, estaban felices de incorporar una tradición guatemalteca a su ceremonia de boda.






Hubo brindis, cena y fiesta. Los papás y gente "adulta" se retiraron temprano, pero para el resto de invitados que no queríamos aceptar ya éramos adultos también, la fiesta se extendió hasta las horas de la madrugada. Después de todo, el hotel era solo para nosotros! y estábamos felices. La música estaba a cargo del planificador de la boda, que era guatemalteco por supuesto, y era muy divertido ver a los gringuitos hacer su máximo esfuerzo por tratar de seguir el paso de algunos ritmos latinos como merengue, salsa, y bachata. La presión del público fue mucha, así que hubo que cambiar un poco la tonalidad y poner música pop, rock y techno, mas acorde a la cultura americana.

Así continuó la fiesta, hasta que alguien, no recuerdo bien quién fue, tuvo una genial idea y dijo "Vamos a nadar al lago!"  A lo que todos los invitados, con la valentía que te da el alcohol,  respondieron con un unísono "sí!".  Y bajamos en tropel dispuestos a saltar a las aguas del lago a las tantas de la madrugada.

Personalmente admiro mucho a la gente que en estos tiempos decide casarse. Aquellos que, con los ojos bien abiertos y en pleno uso de sus facultades, sin ninguna razón ulterior, deciden dar ese paso de fe y aventarse al agua. Es valiente, es romántico.  Eso pensaba cuando, bañados por los rayos de luna, vi a la novia quitarse el vestido blanco, al novio quitarse el frac, tomarse de la mano y zambullirse en las aguas del lago de Atitlán. Una linda metáfora para una boda. (Soy una romántica, lo sé.)

Claro, los novios no iban a ser los únicos que se tiraran al agua. Uno a uno los invitados se quitaron los elegantes vestidos y trajes y saltaron a su vez. Cuando me llegó el turno a mi pensé esconderme, pero era demasiado tarde y la novia me llamaba desde el agua. ¿Cómo iba a permitir que dijeran que la única guatemalteca de la fiesta no se tiró al lago? Sabía que el agua estaba fría, pero también sabía que si no lo hacía iba a arrepentirme siempre. Una linda metáfora del amor, del cual no hay que huir sin haberlo intentado. Así que haciendo uso de toda la valentía que pude encontrar y lo más rápido posible, me quité la ropa y salté. 

El agua estaba friísima!! Sentí como instantáneamente se borraban todos los efectos del alcohol  de mi sistema, las concepciones románticas quedaron atrás e inmediatamente me pregunté en qué momento esto me pareció una buena idea. (Una buena metáfora del matrimonio.) Todos los gringuitos estaban felices nadando y jugando en el agua. Medio muerta del frío y casi sin poder respirar nadé hacia la orilla y salí.

Nada que no se arregle con una toalla, ropa seca y shots de tequila, vodka y cualquier otra cosa que nos pusieran enfrente. (Aplica también para las decepciones amorosas). No recuerdo en qué momento decidí que ya era suficiente y me fui a dormir.

Al despertar, el lago me recibió espléndido como siempre, con sus aguas tranquilas como un espejo, el cielo azul, los volcanes guapos. Halé una sillita a la orilla de una terraza escondida por ahí y tomé mi café matutino lentamente dándole gracias por existir. Al café, por supuesto.

Las festividades habían llegado a su fin. Todos íbamos a continuar nuestro viaje con diferentes destinos. En el momento en que me despedí de mis amigos, lo hicimos de la forma que siempre lo hacíamos "nos vemos pronto, en una próxima aventura!".  No sabíamos que esta era la última vez en que nos íbamos a ver en muchos años. Sin embargo, los recuerdos de la boda, de las risas, de los momentos que compartimos durante los viajes, las fotos, nuestra amistad, todo eso perdura. Después de todo, la vida se compone de momentos. Momentos que nos hacen sentir vivos, felices y sentir que todo es bello, como una boda a orillas del lago de Atitlán.























domingo, 7 de agosto de 2016

Ten cuidado a quien odias, podría ser alguien a quien amas.

Hace unas semanas me contaron que mataron a un chico a golpes al salir del gimnasio. El no le estaba haciendo nada a nadie, no estaba buscando problemas con nadie, solamente iba a hacer ejercicio. Al parecer, a alguien le pareció ofensivo que el fuera a su mismo gimnasio porque era gay y no se esmeraba en ocultarlo. (¿Por qué iba a hacerlo?) Así que un día, le dieron tal golpiza que lo enviaron al hospital, donde moriría dos semanas después por tan grave lesión cerebral sufrida durante el ataque. Se llamaba Aldo. 

Aunque nunca lo conocí, la noticia de su muerte me puso muy triste. No podía entender como hay gente tan mala, con tanto odio en su corazón y tanta rabia. Me sentí indignada que el motivo de la golpiza fuera su orientación sexual. Según cuentan, había recibido amenazas de parte de algunas personas del gimnasio porque "no querían maricas ahí".  Y estas amenazas, que seguramente el pensó no eran más que bromas pesadas como las que estaba acostumbrado a recibir a diario, un día pasaron de las palabras a la acción, con terribles consecuencias. 

Pensé en mis amigos. Personas con un gran corazón, inteligentes, bondadosos, nobles, amigos como pocos. Personas que trabajan todos los días por el bien de otras personas. Médicos, artistas, atletas, ingenieros. Personas como cualquier otra que, casualmente, son gay.  Personas nada más. Con sus defectos y virtudes, con sus buenos y malos ratos, como  yo.  

En mi mente no cabía la idea que alguien fuera tan superficial como para juzgar a otra persona debido a su orientación sexual y sentirse con el derecho de matarlo a golpes. No podía concebir la idea que esto sucediera hoy en día. 

Al comentarlo con algunos amigos y amigas, la mayoría estaban tan consternados como yo. Sin embargo, me sorprendió escuchar algunos comentarios como "Es que se pelan, ahora ya hasta andan por ahí agarrados de la mano..." "Yo no tengo nada en contra de los gays, pero..." (Detente ahí. Nada bueno puede venir después de ese "pero").  Y me sorprendió más escuchar estos comentarios de personas con un alto nivel educativo y cultural. 

Respiro profundo y pregunto ¿No tienen derecho a agarrarse de la mano en la calle? ¿Le hacen algún daño a alguien? ¿Qué hay de sus otras características? Nadie habla de si Aldo era una buena persona, o de si era bondadoso. Nadie menciona si tenía un buen sentido del humor o si le gustaba la música. No se habla de si era un buen trabajador, responsable, amable y querido por sus compañeros de trabajo. No se dice si rescataba animalitos abandonados de la calle y en sus ratos libres reforestaba bosques plantando arbolitos. No. Los comentarios se reducen sólamente a su orientación sexual. Y, aclarando, no es que una persona tenga que ser un ángel para que su muerte sea lamentable. Sino, más bien, debemos recordar, por más absurdo que parezca tener que recordar esto, que el valor de la vida de una persona no responde a sus virtudes y defectos, sino al simple hecho que es un ser humano.

Recordar que como seres humanos  todos tenemos el mismo derecho a vivir, a ir y venir, a hacer ejercicio donde nos plazca, a tomar de la mano a quien mejor nos parezca. Que nadie nos debe juzgar por la manera en que nos vestimos o peinamos, o por algo tan personal y privado como lo que sucede en nuestra alcoba.  Que tenemos derecho a vivir tranquilamente y sin miedo. 

A nuestra sociedad le hace falta tolerancia y respeto. A nuestra sociedad le hace falta esos valores que muchos pregonan defender. Los comentarios homofóbicos no son inofensivos, son el inicio de una agresión. No deben ser considerados "solo una broma" porque aceptémoslo, hace tiempo dejaron de ser chistosos. 

Lo único que puedo pensar cuando escucho a alguien hacer algún comentario homofóbico es "No sabes lo que estás hablando" y en algunas ocasiones les hago la incómoda pregunta "¿Pero vos tenés algún amigo que sea gay?" Esto muchas veces los toma por sorpresa, y los hace pensar. La mayoría dice que no, ya sea porque no saben que tienen uno o varios amigos gay o porque cuidadosamente lo evitan.  

Entonces pienso: Si ellos conocieran a mis amigos, esas personas tan lindas que tengo la dicha de contar entre mis buenos amigos, si ellos se dieran la oportunidad de ver más allá de un prejuicio impuesto por la tradición o por la sociedad y pudieran apreciar a la persona sin importar los calificativos superficiales que le han dado. Si ellos pudieran dejar atrás ese miedo que le tenemos a lo diferente o desconocido, entonces esta sociedad sería un poquito mejor, un poquito más libre y un poquito más feliz. 

Me dicen que no y yo les digo "No que vos sepás, porque si alguno de tus amigos es gay nunca te lo va a decir". Eso los hace sentir bastante incómodos y algunos se ríen nerviosos. Ten cuidado a quien odias, podría ser alguien a quien amas. Un amigo de la infancia, un tío que siempre te ayudó, una amiga que ha estado contigo en las buenas y en las malas. ¿Acaso no amarías igual a tu hermano, a tu hermana, o a un hijo que te dijera que es gay? Si tu respuesta es "no", deberías buscar muy dentro de tí y ver en qué momento se te apagó el corazón. 

Admiro la valentía y fuerza que se requiere para ser abiertamente homosexual en esta sociedad. Para soportar los comentarios, las miradas, el rechazo, los ataques. No puedo imaginar el camino que les ha tocado recorrer. Y aún así están entre las personas más felices, divertidas, amorosas y positivas que conozco. 

Sigamos adelante amigos, tenemos mucho que aprender. No nos rindamos. El mundo gira en la dirección correcta y habemos muchos que estamos con ustedes, los defendemos y apoyamos. 





















martes, 26 de julio de 2016

De cuchillos y Gatos

Era un primero de Noviembre, yo todavía era estudiante de medicina y estaba muy contenta de poder levantarme tarde por el feriado. Me levanté a eso de las 10 am y bajé a la cocina por café y a ver qué había de desayuno.

Encontré a mi mamá haciendo huevitos revueltos y me dijo "-¿Querés unos frijolitos? Pero sólo hay de lata..." Le dije que estaba bien, y me ofrecí a ayudarla a hacerlos. Después de todo,  la acababan de operar del túnel del carpo, y tenía puesta una muñequera que no la dejaba mover bien las manos. Faltaba más.

Saqué una lata de la alacena y me dispuse a abrirla. Mi mama me dijo "-Dejáme abrirle unos hoyitos abajo para que le entre aire y salga mejor... solo sostenéme la lata en lo que yo se los abro con un cuchillo..." Debí haberlo visto venir, pero mi inocencia y completa confianza en mi madre  me lo impidieron.  Llevábamos ya cuatro hoyos en la lata suficientemente grandes para que entrara el aire y salieran los frijoles, pero mi mamá seguía insistiendo, y a la quinta puñalada me ensartó el cuchillo en la mano.

Dí un grito, en parte porque me dolió bastante, en parte por el susto.  La sangre comenzó a brotar, escandalosa. Pero la que más escándalo hizo fue mi mamá, al borde de un ataque de histeria.

"-¡Nena!! ¡Tu mano!"  E inmediatamente rompió a llorar, llevándose las manos a la cara y gritando. Yo me intenté hacer presión en la herida y puse la mano bajo el chorro del lavatrastos. Mi mamá seguía gritando "¡Tu mano! ¡Ay Dios mío! ¡Tu mano! ¡Perdonáme mija! ¡Tu mano!"  Y yo, al ver la reacción de ella, intentaba tranquilizarla "Tranquila mama, no me duele, no pasó nada, tranquila..." mientras me lavaba la herida en el agua.

Los gritos provenientes de la cocina se escucharon en toda la casa, claro está.  El primero en acudir a ver qué pasaba fue el gato, Pepe le Pew,  a quien seguramente le interrumpimos su siesta matutina, cosa que odiaba. Inmediatamente después llegó mi papá, quien estaba por ahí leyendo el periódico.

Asustado por los gritos preguntaba "¿Que paso?!  ¿Que fué? ¿Que pasó?" Pero el llanto incontenible de mi mamá no la dejaba explicar qué había sucedido y solo me señalaba a mí y decía "¡la nenaaaa...! la nenaaaaa!" Y mi papá gritaba su vez, "¡Pero qué pasó Mary?! ¡Que pasó?!"

Mi papá gritaba de un lado, mi mama gritaba y lloraba del otro. Pepe le Pew, estaba alterado y muy confundido respecto a lo que sucedía. Seguramente pensó que mi papá le estaba haciendo algo a mi mamá porque acto seguido se le tiró con todas las ganas a morderlo y ensartarle las uñas en la pierna.

"-¡Ahhh! ¡El gato me ataca!!" gritaba mi papá y trató de defenderse pegándole con un trapo de cocina que estaba a la mano.

"- ¡No le pegués al gato!!" mi mamá defendía al gato mientras éste seguía prendido de la pierna de mi papá con sus uñas y lo mordía.

 "-Pero me está atacando, Mary!!" mi papá,  mientras libraba una batalla contra Pepe y su instinto de protección con tan sólo un trapo de cocina para defenderse.

A todo esto, yo seguía con la mano sangrando debajo del chorro de la cocina. Intentando calmarlos a todos, sin lograrlo, claro.  

Finalmente, mi papá logró desprenderse al gato de la pierna (o Pepe desistió de defendernos, no sé.) y llegó a ver qué me había pasado.  Le conté lo que había sucedido. Mi mamá ya había ido por unas gasas para taparme la herida, aunque seguía llorando y lamentándose. Pude ver que la herida sí era un poco profunda y se iba a necesitar que la suturaran.

Mi hermano se había ido de fiesta la noche anterior, y estaba un poco indispuesto esa mañana. Pero al oír los gritos de todos en la cocina se levantó a ver qué era la conmoción. Vio a mi mamá llorando amargamente, a mi papa con la pierna llena de arañazos  y a mí con una cuchillada en la mano. Ha de haber pensado "Será que todavía estoy borracho?" Aun así, trató de tranquilizar a mi mamá y ayudar a mi papá a ver si el gato no le había mordido o arañado muy duro la pierna.

Todos juntos nos fuimos al hospital, donde el que en ese tiempo era mi novio, era el cirujano de turno, para que me suturara la mano.  En todo el trayecto al hospital mi mamá seguía llorando y disculpándose, mientras yo la consolaba.

Cuando llegamos al hospital y vi a mi novio, la que se puso a llorar fui yo (no me había dado chance de llorar durante todo el relajo) mientras él, muy poco impresionado por la herida, me miraba con incredulidad cuando yo le contaba cómo había sido el accidente. Afortunadamente, el cuchillo no tocó ningún nervio, tendón, vena o arteria. Así que la sutura fue rápida y sin complicaciones.

Al salir del hospital, ya todos más tranquilos, dispusimos pasar comprando pan para comer con el Fiambre. Todo este embrollo nos hizo dejar los frijoles sin freír, los huevos sin hacer y salir sin desayuno. Ya teníamos hambre.

Pasamos a una panadería cerca de la casa, y ninguno pudo contener la risa cuando una vendedora ambulante se le acercó a mi mamá y le pregunto:

"-Señora, ¿no quiere comprar cuchillos?" a lo que mi mamá solo se alejó lo más rápido que pudo medio riendo y medio llorando. 






























domingo, 10 de julio de 2016

Consejos de un Gato para tu Vida

Los gatos son excelentes consejeros. Son maestros Zen que cohabitan con nosotros despidiendo sabiduría si los sabes observar. Aceptémolo, nadie te puede dar mejores consejos de cómo disfrutar la vida en plenitud mejor que un gato.

Primero, come bien y duerme mucho. No comas cualquier cosa, se exigente con lo que comas. La comida debe ser fresca, de buena calidad, ni muy fría, ni muy caliente. No comas lo mismo todo el tiempo, debes introducir nuevas comidas a tu dieta regularmente. Invade el plato que han dejado por descuido en la mesa, de ser necesario. Una palomilla que quedó a tu alcance no estaría mal, tienen mucha proteína. La vida es demasiado corta para comer lo mismo todo el tiempo.

Duerme. Nada malo le ha pasado a nadie por dormir. El descanso es vital para mantener tus sentidos agudizados y para que tu mente funcione al cien por ciento. Evita que te arruges prematuramente y mejora tu humor. Los humanos necesitan de seis a ocho horas de sueño al día, los gatos pueden dormir el doble. Quizás sea esa la razón por la que nunca he visto a un gato arrugado. (Excepto esos gatos sin pelos que parecen ratas. Un gato que parece rata: un oxímoron.)   

Ejercítate. Corre de un lado a otro sin razón aparente hasta que te canses. Luego tírate el el piso y descansa. Escalar quema muchas calorías. Comprueba tus límites escalando hasta el punto más alto a tu alcance aunque después no sepas bien cómo bajarte. Improvisa un salto para bajar, no necesariamente debes caer de pie,  nadie es perfecto y se te perdona porque eres humano.

Déjate consentir. Una caricia detrás de la oreja o en el mentón. Un masaje en la espalda o que te rasquen la panza una o dos veces, pero nunca  más de tres o tienes derecho a defenderte. La compañía tranquila de quien te quiere siempre cae bien y te hará sentir feliz. Sé selectivo; escoge estas personas cuidadosamente y no demuestres tu afecto a cualquiera. Una vez seleccionados, puedes ser muy cariñoso y hasta masajearlos de vuelta.

Juega. Cualquier oportunidad es buena. Hasta las cosas mas pequeñas se pueden volver un juguete entretenido. Una piedra, un palillo de dientes, una bolsa plástica. Solo debes ser creativo en su uso y no tomarte demasiado en serio.  ¿Encontraste un pelota? Persíguela por toda la casa tratando de evitar que se vaya debajo de algún mueble que no te permita alcanzarla luego. ¿Hay una palomilla que entró a tu casa atraída por la luz y está a tu alcance? No te rindas hasta atraparla. (Véase consejo uno).  
Relájate. Los gatos son maestros de disfrutar los pequeños placeres de la vida. Toma una buena siesta bajo el sol de la tarde y al despertar, desperézate largamente antes de hacer cualquier otra cosa. Aprecia la quietud del atardecer desde tu lugar favorito al menos una o dos veces por semana o sal en la noche fresca a contemplar la luna.  Maullar es opcional.

Y por último, manda a todos al carajo. Si algo te molesta, vete. Si alguien te cae mal, aléjate. Si necesitas tiempo solo, tómate el que necesites. Si no quieres hacer algo, no lo hagas. Si alguien te ofende, aráñalo o tírale una bola de pelos. Que no te importen demasiado los problemas que no está a tu alcance resolver y sobre todo que no te roben tu paz y tu felicidad.